Para gran consternación de muchos empresarios y aficionados a los festivales, el gobierno tiró de la manta y canceló el Verano de Festivales 2021. Consternado, decepcionado y, cómo no, algo frustrado, el director Eric van Eerdenburg de Lowlands reaccionó con palabras duras contra los no vacunados de 40, 50 y 60 años que acaban en la UCI. Según Van Eerdenburg, ellos son el grupo vulnerable que preocupa al sistema sanitario y por el que los Países Bajos vuelven a cerrarse.
Desde todos los frentes lo atacan y lo critican. Que qué egoísta y qué ingenuo es por pensar que, con estas cifras, un festival de semejante envergadura podía salir adelante, y por echarle la culpa sin más a los no vacunados. Pero ¿hasta qué punto es injusto que diga esto? Fue el ministro en funciones De Jonge quien informó de que todavía hay 3 millones de adultos sin vacunar. La mayoría por decisión propia, y están en su derecho. Esta política de improvisación a la desesperada también provoca que los empresarios se frustren cuando lo único que se juega es al pánico.
Si miro las reacciones que recibí en mi batalla por reanudar las clases de natación, me topé también con muchísima incomprensión. «Mi hijo tiene que hacer deporte y se pasa el día quieto; esos niños pueden esperar tranquilamente.» Y: «Hay gente ingresada en el hospital y tú vienes con las clases de natación; que primero resuelvan eso antes de que estas cosas sean prioritarias.» Mis argumentos, como el aumento de ahogamientos entre los niños y la necesidad de reforzar la active lifeguard supervision por la escasez de horas de piscina, por desgracia se están cumpliendo bastante.
La pelota está en La Haya y, lamentablemente, los responsables políticos no saben lidiar con las consecuencias a nivel micro. A nivel macro sí funciona. Por supuesto, a grandes rasgos lo tienen todo en orden. «Disculpen, abrimos demasiado pronto.» Pero son los empresarios y organizadores quienes, al final, hacen que este país funcione. Ya sea un festival, un local de hostelería o una clase de natación para niños.
Al final todo hay que organizarlo, y la última palabra la tiene La Haya. ¿Qué pasa si La Haya vuelve a cerrar las piscinas sin fundamento? Entonces seré el primero en alzar la voz. Un empresario y organizador tiene que defender su negocio y no dejar que se lo sirvan todo hecho.
La solución hay que buscarla en una mejor colaboración entre los sectores y los responsables políticos. El gobierno no es más que el órgano ejecutor y director que deja el trabajo en manos de quienes elaboran las políticas. El OMT y el RIVM asesoran, pero cuando la presión social es demasiado alta, ¡hala! Espero que llegue a haber más respeto hacia los empresarios organizadores y compañeros de profesión que dependen del orden establecido en La Haya.
Si nadie organiza ya nada hasta que el coronavirus desaparezca del mundo, estaremos esperando hasta finales de 2022. Y solo entonces todos caerán en la cuenta de que el coronavirus nunca desaparecerá del todo y de que hay que aprender a convivir con él. Espero de verdad que no sea eso lo que los empresarios tengan en mente. Porque aquí no hablamos solo de seguridad, sino también de bienestar social y, en un sentido más amplio, de interés colectivo. Yo, desde luego, no pienso resignarme.
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