El debate sobre la seguridad acuática resurge cada año en cuanto asoma el sol. Y con razón. Cada incidente de ahogamiento es uno de más y, aun así, en los Países Bajos seguimos cometiendo los mismos errores. Seguimos confiando en accesorios en lugar de en habilidades. Seguimos enredados en discusiones sobre gadgets en vez de buscar soluciones estructurales. Y mientras tanto, se informa mal a los padres, con consecuencias potencialmente fatales.
El mito de los accesorios como ‘seguridad’
A estas alturas estamos rodeados de todo un zoológico de accesorios acuáticos: tortuguitas, aletas de tiburón, flotadores de brazo y otros gadgets de aspecto alegre. Productos que dan a los padres una sensación de seguridad, pero que en realidad no aportan nada a la verdadera capacidad de nadar.
La ironía es dolorosa. Hace unos años, una conocida organización de seguridad acuática elogiaba con los brazos abiertos un accesorio comercial de natación (la famosa ‘tortuga de natación’). Esa misma organización habla hoy en términos contundentes sobre la “seguridad ilusoria” de productos similares.
¿Qué ha cambiado? ¿La ciencia? No. ¿La seguridad del producto? Tampoco. Lo que cambió fue el contexto comercial y, por tanto, la opinión de los ‘expertos’.
Eso no solo es poco fiable, es directamente peligroso.
La única seguridad acuática real: la habilidad
Que quede meridianamente claro: ningún accesorio, por bienintencionado que sea, sustituye a unas verdaderas clases de natación. Ni flotadores de brazo. Ni tortugas. Ni chalecos. Solo el aprendizaje de la técnica de natación, bajo la guía de un instructor de natación profesional, ofrece una seguridad duradera dentro y alrededor del agua.
Saber nadar no se aprende en un solo verano, y desde luego no con accesorios de flotación. Se aprende con clases estructuradas, atendiendo a la técnica, la autonomía y la confianza en el agua. Esto requiere tiempo, implicación de los padres y, sobre todo, continuidad.
Las cifras: demasiado tarde, demasiado vagas, demasiado a menudo ignoradas
Lo que hace este debate anual aún más doloroso es la forma en que en los Países Bajos manejamos las cifras de ahogamientos. Cada año, las cifras oficiales del CBS no se publican hasta el 25 de julio, en plena vacaciones de verano. Y cada año se critica esta demora. Porque, cuando esas cifras salen a la luz, el daño ya está hecho con frecuencia.
¿Por qué es esto problemático?
Porque así los responsables políticos, los medios y los padres no tienen ninguna oportunidad de aprender de antemano de los errores del año anterior. Sin campañas de sensibilización dirigidas. Sin anticipación a los riesgos. Sin prevención.
Como presidente de la Nederlandse Stichting Water- & Zwemveiligheid, me pregunto sinceramente por qué este patrón se sigue repitiendo, pese a las reiteradas peticiones y críticas del sector. La transparencia sobre las cifras de ahogamientos no debería ser una sorpresa anual: es una parte esencial de la política de prevención.
Un llamamiento a padres, escuelas y políticos
Padres: no le den a su hijo solo un flotador, denle una habilidad que le acompañará toda la vida.
Escuelas: atrévanse a tomarse en serio la enseñanza de la natación como una habilidad básica, igual que las matemáticas o la lengua, incorporando también clases teóricas sobre seguridad acuática.
Políticos: no esperen a que haya incidentes o atención mediática; estructuren el enfoque de la seguridad acuática desde la educación y los ayuntamientos.
Y a los ‘expertos’ con opiniones que cambian según la marca que esté en el mercado: sean honestos. La seguridad de verdad empieza por la claridad y la coherencia. No dejen que los intereses comerciales marquen el tono en un debate sobre la vida de los niños.
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