Con cierto asombro he seguido el lanzamiento de Fibby: un 'chaleco salvavidas' para niños ideado por un padre. La argumentación con la que se presenta hace fruncir el ceño, ya que se habla de una postura natural de nado y de la seguridad acuática de los hijos de este padre. En sí, nada que objetar.
El problema es que, según la propia web, se dirige a niños de 2, 3 y 4 años. La imagen que se transmite es que este dispositivo de autoayuda debe ser la solución contra el ahogamiento porque, a veces, se pierde de vista a los pequeños. ¿Es esta realmente la manera de llamar la atención sobre el problema? ¿Una especie de mochila naranja a la espalda que reacciona cuando un niño empieza a hundirse? ¿O es más bien una forma de falsa seguridad en la que los padres depositan la esperanza de preocuparse menos por sus hijos? Lo demuestra, entre otras cosas, el crowdfunding destinado a cubrir los costes de creación, que ya supera con creces la cantidad objetivo.
Que se inventen soluciones para la seguridad acuática es, por supuesto, algo bueno. El problema es que la gente se hace ahora la idea equivocada de que este es el sistema ideal contra el ahogamiento. Se afirma: por eso ideó Fibby, un dispositivo que los niños llevan en la espalda. "Gracias al mecanismo de basculación, los niños adoptan su postura natural de nado. Por instinto, empiezan entonces a patalear por sí solos, incluso a una edad muy temprana."
Como especialista con muchos años de experiencia, sé que los niños de 2, 3 y 4 años que aún no van a clases de natación mueven las piernas de forma automática. Ese pataleo genera un movimiento descendente que los arrastra hacia abajo. Es cierto que Fibby puede ayudar a evitarlo, pero, tal y como advierte el presidente de la brigada de salvamento de Nijmegen: "Si los niños pierden el conocimiento, con Fibby se voltean de inmediato hacia delante y quedan con la carita dentro del agua." El mecanismo de basculación empuja automáticamente al pequeño a esa posición.
Soy de la opinión de que a la gente se le está presentando una imagen demasiado idílica de este sistema en cuanto a seguridad. Se dice que funciona mejor que los manguitos. En eso sí puedo estar de acuerdo. Pero los manguitos también sirven para señalar que un niño no tiene un diploma y no es un nadador competente. Tengo la sensación de que este sistema no cumple su función en una playa abarrotada, entre todo tipo de personas, frente a los manguitos de un naranja llamativo. Al margen de que el marketing del producto da a entender que los niños también reciben con él una especie de clase de natación. La brazada básica y las expectativas de los padres quedan así ya negativamente influidas antes de que los niños empiecen sus clases de natación.
Como ya he dicho en otras ocasiones, considero que la colaboración entre las federaciones y las brigadas de salvamento es de suma importancia para concienciar a la gente sobre los peligros. Todos los cartuchos de fogueo que se disparan ahora yerran su objetivo, y la seguridad acuática en general se ve comprometida. La seguridad acuática empieza por la conciencia y el reconocimiento de los peligros del agua. A partir de ahí se puede seguir avanzando. No dispares tantos cartuchos de fogueo que solo consiguen difuminar esa conciencia en la gente. Aborda el problema desde su raíz.
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