El agua no ha cambiado. Nosotros sí.
Todo el que creció junto al agua lleva consigo la misma imagen: al agua, sin pensarlo, y todo salía bien. Pero nuestra memoria guarda sobre todo los días buenos, no los accidentes que también los hubo.
Recordamos con nostalgia aquel verano en que te lanzabas al agua sin mirar atrás. Pero esa agua sigue siendo la misma agua: fría, quieta, paciente. Lo que cambió fuimos nosotros. Una carta abierta sobre la libertad, sobre cuidarnos unos a otros y sobre cuánto tiempo más vamos a seguir mirando hacia otro lado.
Todo el que creció junto al agua conoce la misma escena. La calle entera bajando hacia la orilla, la ropa amontonada, y al agua. Nadie que vigilara, nadie que tuviera que hacerlo. Todo salía bien, porque siempre salía bien.
Me gusta escuchar esa historia, y también la creo. Pero saco de ella una lección distinta a la de la mayoría. Porque la nostalgia no es historia: nuestra memoria guarda sobre todo los días de verano en que todos volvieron a casa sanos y salvos, no los accidentes que también ocurrían entonces. Aquella imagen bonita solo era cierta a medias. Y el agua de antes es exactamente la misma que la de ahora. Igual de fría, igual de quieta, igual de insondable. En eso no cambió nada. Lo que sí cambió es todo lo que la rodea. La pregunta no es si podemos volver a aquel verano, sino si todavía nos atrevemos a mirar con honestidad el presente.
Sabemos menos de lo que creemos
Nadar era antes algo que simplemente sabías hacer, porque crecías con ello; no salía de un curso, sino de mil veces metido en el agua. Sentías cuándo desaparecía el fondo bajo tus pies; sabías cómo el agua fría te corta la respiración, ese sobresalto justo después del salto. Ese tipo de conocimiento no está en la cabeza, sino en el cuerpo.
Y ese cuerpo lo estamos perdiendo. No porque nos hayamos vuelto más torpes, sino porque la vida cotidiana se ha alejado del agua. Nadamos bajo techo, en una piscina climatizada con una línea en el fondo y alguien que vigila. Maravilloso para aprender a nadar. Pero es algo muy distinto de una charca fría con un fondo blando y una corriente que no ves venir. Un diploma dice que haces tus largos con soltura; no dice nada sobre las aguas salvajes de ahí fuera. Y justo ahí falla nuestro instinto: la conciencia de que una charca lisa como un espejo puede ser tan mortal como un mar embravecido. Ese instinto solo se construye junto al agua misma, y cada vez son menos las personas que llegan hasta ella.
Una advertencia que no lees no advierte a nadie
Piense en una imagen que conoce cualquiera que alguna vez haya estado junto al agua lejos de casa. Un cartelito en la orilla, en un idioma que no habla. Ve que dice algo, intuye que es una advertencia. Pero *qué* dice —dónde se hace profundo, dónde tira la corriente, dónde ya salió mal alguna vez— eso no llega.
Así hay agua por todas partes por donde pasan personas que no conocen el idioma de ese cartel. Viajeros, recién llegados, gente que nunca aprendió a nadar porque en su vida nunca fue posible. Nos hemos convencido de que hemos advertido, porque en algún sitio hay un cartel colgado. Pero advertir solo es advertir cuando llega. Y eso no es un reproche hacia quien no lo lee o no sabe nadar; nadie elige eso. El problema no está en la persona que está a la orilla, sino en nuestra idea de que un solo cartel basta.
La época del "quiero, luego lo hago"
Hay algo más que cambió, algo contra lo que ningún cartel puede, pero que reconoce cualquiera que esté junto al agua. Nos hemos convertido en personas para quienes una advertencia no es el final de una conversación, sino el comienzo de una discusión. Dígale a alguien que es peligroso, y lo más probable es que le responda que ya lo juzga él mismo. Quiero, luego puedo. La prudencia se ha vuelto negociable, y el buen consejo, algo que la gente esquiva.
No digo que antes todo fuera mejor. Sí digo esto: el agua no negocia de vuelta. No hace ruido cuando algo sale mal. Quien se está ahogando no grita, no manotea con violencia, se hunde en silencio, a menudo a un brazo de distancia de gente que no se entera de nada. Es paciente. Y de pronto ya es demasiado tarde.
¿Cuánto más vamos a mirar hacia otro lado?
En todo el mundo conocemos esos lugares. Aguas donde en realidad no debería nadarse, y a las que aun así, cada día caluroso, acude la gente. Lo sabemos, y miramos hacia otro lado, hasta que sale mal, y nos preguntamos en voz alta cómo pudo llegar a pasar, mientras en el fondo ya lo sabíamos.
Ahí está el nudo, y es una lucha honesta. Por un lado está la libertad: el derecho a elegir uno mismo, a meterse en el agua como la gente lo ha hecho siempre. Por el otro está algo sencillo: cuidarnos unos a otros, sobre todo a quien no sabe leer el peligro o no sabe nadar. Más ojos junto a la orilla ayudan, pero ¿dónde está el límite? ¿Cuándo vigilar es cuidado y cuándo es paternalismo? ¿Y cuánto mirar hacia otro lado podemos permitirnos antes de que ya no tengamos derecho a llamarlo casualidad?
La pregunta que ya no podemos esquivar
Aquí no tomo partido a propósito, y no es cobardía. La conversación se atasca en cuanto alguien se apresura a proclamar quién tiene razón. Quizá la respuesta no sea libertad *o* prudencia, sino ambas a la vez. Y quizá empiece simplemente por admitir en voz alta que "seguro que sale bien" no es una convicción, sino una apuesta.
Así que le dejo a usted la pregunta. ¿Dejamos libre a la gente, o nos cuidamos unos a otros? ¿Confiamos en que saldrá bien, o detenemos a quien no ve venir el peligro? Esa conversación debemos tenerla ahora que está tranquilo junto al agua, y no el día en que el agua ya haya dado la respuesta por nosotros.
*¿Usted qué opina: dejamos a cada uno su propia elección, o nos cuidamos con más rigor unos a otros? Esta es justo la conversación que hemos dejado pendiente demasiado tiempo.*
Titular de una escuela de natación · presidente de la NSWZ · fundador de De WaterExpert y WaterZeker · treinta años de clases de natación, catorce veranos como socorrista.